Giap: relato de la escuelita zapatista publicado en “El Ciudadano”.

Giap: relato de la escuelita zapatista publicado en “El Ciudadano”.

Relato de la Escuelita Zapatista

El domingo 11 de agosto, desde temprano por la mañana, nos fuimos presentando en el CIDECI-Universidad de la Tierra- de San Cristóbal de las Casas, todos los casi 1.700 alumnos invitados por el EZLN para ser parte del primer grupo del primer nivel de la “Escuelita de la Libertad según los Zapatistas”.

A cada uno de nosotros se nos había entregado una identificación con el nombre del Caracol al cual nos correspondía asistir, así como 4 cuadernos de texto y 2 dvd como material de estudio: Gobierno Autónomo I y II, Participación de las Mujeres en el Gobierno Autónomo y Resistencia Autónoma.

Después de unas horas entre cafés, conversaciones y música en vivo, comenzamos el viaje. Primero montaron sobre los camiones los que iban a los caracoles más alejados: Roberto Barrios y La Realidad. Enseguida nos tocaría a nosotros, los de La Garrucha, junto con los que iban dirigidos a Morelia.

El viaje fue más largo de lo previsto, cerca de 8 horas en un camión donde nos turnábamos para sentarnos las 28 personas que ahí íbamos, con frío y apetito pero también con un entusiasmo sin límites.

Cuando por fin llegamos al Caracol, el rigor y la disciplina que ya estábamos empezando a vivir durante el trayecto, se acrecentaría.  Nuestra ansiedad por bajarnos debió calmarse ante la espera de casi una hora para chequear nuestros nombres en el control de ingreso. Luego de eso, vendría una entrada magnífica: ante nosotros se abrían las puertas del Caracol La Garrucha, y adentro, en silencio absoluto, cientos de zapatistas con sus pasamontañas negros, hombres y mujeres, nos esperaban en perfecto orden, alineados a ambos costados de un escenario, sobre el que esperaban también las autoridades. Esta imagen de estructura impecable nos demostraría el grado de organización y solemnidad que constituía nuestra visita.

Luego, esperamos también nosotros de pie por más de una hora, con más frío y más sueño que antes, a que terminaran de ingresar el resto de los alumnos. Eran pasadas las 2 de la madrugada cuando por fin oímos el discurso de bienvenida, los Vivas, el himno zapatista y un frase que nos dejó boquiabiertos: “bueno compañeros, ahora comienza la fiesta!”. Nadie de nosotros, los extranjeros, podía dar crédito a que entonces recién comenzaba la música, la comida y el baile. Muchos se fueron a dormir enseguida. Mi compañero y yo bailamos unos corridos y después también nos fuimos a dormir sobre los tablones de madera de lo que parecía ser un gran salón de clases preparado para el día siguiente. A las 05 AM (hora militar del EZLN) apagaron la música. A las 07 AM sonaron los llamados para levantarnos. Ya con algo menos de frío y apetito y comprendiendo rápidamente el componente disciplinario de la escuelita, hombres y mujeres nos debimos formar por separado para que nos presentaran a nuestros “Votán”, guardias personales quienes, desde ese momento y hasta el final de la escuelita, prácticamente no se despegarían de cada uno de nosotros.

Todo iba marchando como reloj en la administración de votanes y alumnos por pueblos y municipios, hasta que en un momento me dí cuenta de que mi compañero era asignado a un lugar distinto al mío. Ahí toda nuestra idea de vivir la experiencia juntos se desarmaba. Pero terca y enamorada, fui y pedí que me dejaran junto con mi par, mi compañero, mi marido, y los compas zapatistas tuvieron la enorme amabilidad de readministrar votanes para que, tras un rato de ajustes y desajustes, al fin él y yo pudiéramos partir juntos.

Ese lunes, después de frijoles con tortillas y café, tuvimos una clase colectiva donde fuimos oyendo a diferentes representantes de la Junta de Buen Gobierno, maestros y maestras, autoridades, quienes de modo sucesivo, como una polifonía de experiencias, fueron explicando la estructura,  funcionamiento y administración de la Autonomía Zapatista, en la división de los 3 gobiernos (Local, Municipal y JBG) , y la creación y construcción de las áreas de elección de autoridades, justicia, salud, educación y agroecología.

Cuando la tarde comenzaba a caer, fuimos distribuidos en diversos transportes para dirigirnos a las diferentes localidades de los 4 municipios de La Garrucha donde seríamos recibidos durante esa semana. Emprendimos viaje por casi 2 horas junto a nuestros votanes, un grupo de 8 alumnos, 4 mexicanos y 4 extranjeros. Nuestra llegada al pequeño pueblo fue tan emotiva como la del Caracol, pero distinta: la gente nos estaba esperando con una alegría manifiesta y desbordada. Todos nos sentimos tocados en lo más profundo por ese recibimiento tan efusivo que nos calaba hondamente. Entonces se presentaron uno a uno, primero los hombres, luego las mujeres, y finalmente los niños. Una muestra maravillosa de nombres lindos, sonrisas amplias y hospitalidad.

Fuimos asignados mi compañero (sí, el par, el marido por el que hinché las bolas esa mañana) y yo a la casa del compa Jorge y la compa Claudia.

Antes de llegar imaginaba que dormiría en una hamaca o, en el peor de los casos, sobre maderas con cartón. No. El compa Jorge abrió la puerta de su casa y nos mostró el suelo de tierra, impecable, pero suelo como es el suelo, liso y duro: “sí, claro, muchas gracias, aquí vamos a dormir bien”, decía mientras por dentro recordaba la instrucción precisa del subcomandante Marcos de no llevar saco de dormir ni nada parecido…sentí entonces que rompía mis límites de lo cómodamente conocido y que no haber llevado nada para dormir, tenía un sentido: aprender a ajustarnos a lo dado, era también oler un poco la experiencia del guerrillero en la montaña. Nosotros al menos íbamos a tener un techo para estar secos y protegidos y no exponernos a la intemperie del barro bajo la lluvia. De esa manera, dormir en el suelo pasó más rápido de lo pensado a ser un privilegio. Reconozco que al primer día me dolía todo el cuerpo pero al tercero, no sé si ya por costumbre o porque la tierra se va soltando, me parecía un lugar delicioso.

Los siguientes días fueron de hacer trabajos en la milpa, cortando con machete el maíz. De hacer tortillas desde temprano por la mañana, moliendo, amasando y cociendo. De bañarnos en el río con nuestro deseo contenido por la mirada atenta de los votanes ( y el ridículo shampoo en los ojos). De cocinar pan dulce con todas las mujeres. De conversar con ellas de sus hijos, de sus partos y de por qué yo con mis 34 años no tengo hijos aún, cuando ellas a mi edad ya son abuelas (repito: ABUELAS). De leer los cuadernos de texto entre picaduras de mosquitos y la poca luz. De desgranar el maíz con una herramienta que debe ser la misma de la edad de bronce. De hacer el simple regalo de una cena de pastas a la italiana. De lavar todos los platos con una vista espectacular de las montañas. Y sobre todo, lo más emocionante, de conversar horas con el compa Jorge de la llegada de los 7, de la organización clandestina, de su militancia desde el ‘83, de la batalla de Ocosingo donde él participó y donde su hermano murió, de los roles de las autoridades, los desafíos de la autonomía y de la convivencia con los vecinos príistas.

Un día, el compa Jorge me preguntó que desde cuándo sabía yo del EZLN. El recuerdo vino fresco a mi mente y le dije: “Desde el 2 de enero de 1994, cuando ustedes aparecieron en las portadas de los diarios chilenos. Recuerdo esa mañana perfectamente, porque nos llenamos de emoción de saber de esta nueva guerrilla”. El compa se sonrió lleno de orgullo y alegría.

Y ahí sentí lo impresionante que debe ser para ellos constatar la dimensión enorme de la gesta zapatista,  esa rebelión que surge desde el más profundo campo, desde las oscuras selvas, desde la sencillez más sencilla que se pueda imaginar, para inundarnos a todos de digna rebeldía por el mundo entero. Era algo imposible y sin embargo, existe.

Y también entendí el sentido concreto de la frase “Todo para todos, nada para nosotros”. Una lo ha leído mil veces y teoriza sentidos, pero comprenderla significó para mí algo muy real: la lucha diaria es para que todos tengan todo (las 13 demandas de alimentación, techo, salud, educación, etc…) y cada uno de ellos no reciba a cambio nada especial: ni más dinero, ni más beneficios. Los zapatistas viven con extrema particularidad el sentido de la lucha diaria. Nada excede el límite de lo estrictamente necesario. Ninguna bandera, afiche o fotografía decora sus casas. Nada. Nada para nosotros. Nada.

Los zapatistas me recuerdan la unidad gloriosa del pueblo vietnamita. Son jóvenes, viejos, niños, hombres y mujeres comprometidos con una lucha que les exige organización, disciplina, rigor y compañerismo.

Sus logros (clínicas, escuelas, colectivos de ganado, transporte, radios, tiendas de abastecimiento) los llenan de energía para la continuidad de la lucha.

Su ejemplo nos llena a nosotros de deberes y proyectos.

 Por Natalia Arcos, ex directora ARTV

El Ciudadano

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